Cuando era niña, se me aceleraba el corazón cuando la cámara se aceleraba nadando bajo el agua y la música sonaba más rápido y fuerte. Sabía que el pobre bañista tenía los minutos contados en la película. Sentía pánico y miedo, pero también fascinación. Quería apartar la mirada de la pantalla, pero no podía. Spielberg consiguió en 1975 que miles de bañistas se lo pensaran dos veces antes de mojarse los pies en la playa. Yo, igualmente, durante años temí al mar.
Nunca sabré porqué, pero tantos sábados por la tarde echaron en la tele aquella película, tantas veces la vi. Aún sabiendo que cuando la cámara se acelerara nadando bajo el agua y la música sonara más rápido y fuerte, yo desearía que el bañista lograra subirse a tiempo a la barca.
Quizás el miedo provocó tanta fascinación. Adoro los tiburones. Spielberg conmigo se equivocó.
En honor a Sotillo inauguro mi blog de tiburones: los fascinantes animales que asaltan mis pesadillas y también colman de alegrías mis sueños.
Los tiburones son peces cartilaginosos, esto quiere decir que no tienen hueso, sino un esqueleto de cartílago muy ligero. Esto les hace diferentes del resto de peces, junto con familiares las rayas y las quimeras. Es destacable que, para cuando los dinosaurios reinaban la tierra, ya hacia millones de años que los tiburones reinaban en los mares. No es cierto, sin embargo, que sean animales prehistóricos. Muy al contrario, si desde hace millones de años no han evolucionado es porque la naturaleza ya consiguió llegar al estadio superior de su evolución.
Bueno, la naturaleza no contaba con la mano del hombre cuando los creó ya casi perfectos, pero igual de frágiles que los demás animales.
Mucha gente piensa que son máquinas de matar y comedores de hombres, pero no hay nada más lejano de la realidad. Es bien cierto el dicho de que por cada ataque que hay en el mar de un tiburón hacia un ser humano, hay más de 100 tiburones muertos inútilmente por manos humanas. Yo entiendo que a la gente le gusten los delfines, que juegan en el mar, siguen a los barcos, saltan fuera del agua y aprenden trucos en los acuarios (pobrecitos), pero los tiburones también son seres inteligentes, capaces de unir esfuerzos con sus semejantes para lograr sus fines, capaces de comportamientos inteligentes y poseedores de maravillosos sentidos aún desconocidos para los científicos.
Tienen una silueta maravillosa. Son perfectos para lo que fueron creados: nadar y cazar. Pueden recorrer el globo de una punta a otra sin perderse y recordar lugares donde emigrar año tras año. Algunas culturas los consideran dioses.
Me fascinan, y cada día quiero saber más de ellos. Aunque yo, aún prefiero ser de secano.
Durante muchos años, supe de aquel lugar sólo porque había leído que existía. Durante años, deseé verlo algún día. Dicen que es el lugar turístico más visitado de Francia, por delante de la Torre Eiffel. Eso merecía el esfuerzo de una visita.
Lo llaman LA MARAVILLA. El Mont Saint-Michel es una obra arquitectónica única en un lugar de excepción. Cuando sube la marea queda aislado de tierra y cuando baja, sólo está unido al continente por un brazo de tierra con una carretera.
Este verano, tras muchos kilómetros en coche, tras comprobar por mi misma que el mundo es bien grande, por fin lo vi en la lejanía.
Allá en el horizonte, se veía su silueta. Íbamos por una pequeña carretera de dos sentidos, entre caravanas y bicicletas. A ambos lados, maizales y casitas de campo salidas de una película. Poco a poco, se olía el entusiasmo. Los coches paraba en cualquier recodo de la carretera sólo para contemplarlo en la lejanía. Nosotros también. Pronto llegaríamos, pero se hizo eterno.
Cada vez su silueta era más y más grande. Sus formas, sus líneas y sus detalles cada vez más nítidos. Y yo, con la boca abierta como una boba, no sabía qué decir. Sólo recuerdo que, muy apropiadamente, llevábamos música de The Corrs. Muy celta y muy acorde con el paisaje.
Llegar era un sueño. Bajo sus pies, miles de personas tomaban posiciones en el parking B con sus coches y autocaravanas. Hay que tener en cuenta que el cartel que avisa de que el parking A se inunda con la marea estaba sólo en inglés y francés. Menudo detalle. Menos mal que nos vamos defendiendo en nuestra faceta políglota.
Tras la visita y el piscolabis que llevábamos en la mochila, desde las almenas, desde la cumbre de la imponente abadía, todos mirábamos hacia abajo. Las ensenadas parecían eternas. Se veía a los más osados en la lejanía, marcando con sus huellas la arena virgen. Todos mirábamos con curiosidad, consultando cada minuto el reloj para ver si a alguien se le mojaban los zapatos cuando subiera la marea. Que ahí estábamos todos con un poco de malicia, pensando en que más de uno tendría que volver a la carrera huyendo del agua.
La marea no subió, pero fue un viaje maravilloso. Aún hoy, cuando ya planeo dónde iré este próximo verano, cuando quiero relajarme y desconectar, recuerdo todo aquel verde, aquel olor a mar y esa sensación de llegar al punto final de un ansiado camino.
Zen es una filosofía budista y como tal, a una occidental como a mí, se me escapa de las manos. Me queda demasiado grande y me parece propia de monasterios lejanos, con monjes inmersos en sus meditaciones mientras tañen cuencos tibetanos.
Aún así, puedo decir que el bonsai, o mejor dicho el arte del bonsai, es parte de esa filosofía milenaria. En ella, un bonsai es una camino hacia la relajación y el equilibrio mental, a través de su contemplación y la meditación.De acuerdo a las creencias de esta filosofía, el arte del bonsai nos devuelve a nuestra esencia humana.
Lo cierto es que desarrolla la paciencia, como ya comenté, pero también otras virtudes como la disciplina, la humildad, la observación, el respeto a la naturaleza y a nosotros mismos. El Zen las resume todas en tres palabras japonesas que no tienen facil traducción: WABI, SABI y SHIBUI porque son ideas amplias y subjetivas.
Es verdad que el bonsai se quiere o no se quiere, es cierto que un arbolito es un ser indefenso, hermoso e imperfecto como sólo la naturaleza puede crearlos. De ahí, que nosotros aprendamos a crear belleza, no de forma artificial, sino de forma natural. No es jugar a ser un dios, es sólo aprender las virtudes de una gran sabia: la NATURALEZA. Y en nuestra humildad, intentar imitarla para ser un poco mejores gracias a sus enseñanzas.
Me gusta pensar que el producto de mi crecimiento espiritual pueda ser algún día contemplado con respeto por mis hijos y mis nietos.
Bueno, eso es Zen, al menos para mi. Eso sí, puedo dar una explicación de la filosofía Zen, pero aún hay un largo camino por recorrer. Sólo estóy en la primera casilla del tablero, poco a poco quizás consiga poner algo de Zen en mi vida.
Por fin tengo mi árbol de las mil estrellas. Es pequeñín y, lo más curioso, me necesita para sobrevivir. Ya tengo un olmo y una serissa. Siempre había pensado que un bonsai era algo para gente especial. Alguien con virtudes propias de la filosofía Zen. Paciente, metódico, disciplinado, constante. Pero no, los centros comerciales han permitido que hasta gente como yo, tengamos un hermoso arbolito por un módico precio.
Claro, al principio tiene su gracia, pero según vas aprendiendo, leyendo, participando en foros, etc, aprendes que el bonsai, como ser vivo, necesita cuidados y paciencia. Bueno, me dije, pues a cultivar esa faceta de mi misma que tengo tan abandonada. Paciencia para verlo crecer, paciencia para que brote, paciencia para que nazca esa nueva semilla, paciencia para elegir qué rama cortar, qué hoja hay que quitar....todo es cuestión de tiempo y no se acelera por más que tu quieras. Cuando uno planta una semilla de bonsai, sabe que no lo tendrá hasta pasados unos diez años y si lo compra ya formado, sabe que en todo su explendor, quizás sólo lo disfruten sus nietos.
Mi madre siempre me dice: "tranquila, que todo llega". Aún no lo he aprendido de ella. Aún no he aprendido esa gran verdad. ¿Será un pequeño arbolito el que finalmente pueda hacerme alguien paciente?¿Eso es Zen o no es Zen?